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Saramago y Monsiváis nos dejaron en junio PDF Imprimir E-mail
Escrito por Rafael Osío Cabrices   
Sábado, 31 de Julio de 2010 13:46

Dos grandes de la escritura dicen adiós El único premio Nobel de Literatura de la lengua portuguesa y el gran ensayista mexicano dejaron este mundo con horas de diferencia.

JoseSaramagoABANICO recuerda y despide a dos grandes plumas que nos hicieron pensar tanto en el cielo como en la tierra.

Fue periodista, poeta, ensayista, articulista, novelista, cuentista, memorialista y un comunista de los de antes, que nunca abjuró de sus principios.

Dejó Portugal, tras soportar tres décadas de dictadura conservadora, porque no aguantaba más la censura de los sectores más duros del catolicismo. Desde la isla canaria de Lanzarote siguió escribiendo y levantándose como la conciencia de la vieja izquierda. Su última novela, Caín (Alfaguara), fue una justa más de su diálogo de sordos con la figura del Dios judeocristiano.

Poco antes, había saldado las cuentas con su infancia en Las pequeñas memorias.

El cronista de los cronistas

Al día siguiente, el 19 de junio, el ámbito de la lengua castellana rindió otro homenaje, esta vez a Carlos Monsiváis, abatido por una fibrosis pulmonar a los 72 años. A México, un país abrumado por la violencia de la guerra del narcotráfico, sólo dos cosas han podido reconciliarlo a mediados de junio: el desempeño de su selección nacional de fútbol en Sudáfrica y la muerte de Monsiváis.

Intelectuales y políticos de distintas tendencias suspendieron al menos por un día sus enfrentamientos para las exequias del gran cronista y ensayista mexicano, verdadera voz del DF, de la cultura mexicana y de la gran generalización que llamamos América Latina.

Monsiváis, dueño de una abigarrada e hiperprecisa prosa muy reconocible que en sí misma representaba un comentario sobre la cultura que interpretaba, fue un autor enormemente prolífico que publicó en infinidad de medios de comunicación impresos y dejó muchos libros, entre ellos Los rituales del caos, No sin nosotros, Días de guardar, Del rancho al Internet y Apocalipstick.

Abatió las antiguas barreras entre la “alta” y la “baja” cultura con su mirada de la modernidad y la amplitud de sus intereses.

Monsiváis podía entregar eruditos trabajos sobre la crónica policial, la lucha libre, el bolero, las organizaciones sociales surgidas del terremoto de 1985 o la literatura de la revolución. Fue uno de los pocos pensadores capaces de abarcar la vasta diversidad de la

vida cultural de la región que se extiende al sur del Río Grande,y particularmente de su país, México, el más poblado del ámbito hispanohablante y que ya era una compleja civilización cuando llegaron los europeos. Él fue el último intérprete de la mexicanidad en una estirpe que tuvo a Alfonso Reyes y a Octavio Paz,

pero con la ironía y la independencia que aquellos grandes próceres de la cultura nunca se atrevieron a tener.

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Un poco de Saramago

De Los cuadernos de Lanzarote (Alfaguara), el conjunto de

los diarios de José Saramago, extraemos este pasaje de 1993 en el que cuenta el germen de su novela más celebrada, Ensayo sobre la ceguera, y revela parte de su proceso creativo.

Saramago llenó varios volúmenes de apuntes, una suerte de

obra paralela a sus novelas que sirvió de taller, de campo de juego consigo mismo, para la creación de sus mayores libros.

“20 de abril. Esta mañana, cuando me desperté, me vino

la idea del Ensayo sobre la ceguera y, durante unos minutos,todo me pareció claro excepto que del tema pueda llegar a salir alguna vez una novela, en el sentido más o menos consensual de la palabra y del objeto. Por ejemplo, ¿cómo meter en el relato personajes que perseveren en el dilatadísimo lapso de tiempo narrativo del que voy a necesitar? ¿Cuántos años serán necesarios para que se encuentren sustituidos por otras, todas las personas vivas en un momento dado? Un siglo, digamos que un poco más, creo que será bastante.

Pero en este mi Ensayo, todos los videntes tendrán que ser ustituidos por ciegos y éstos, todos, otra vez, por videntes... Las personas, todas ellas, empezarán por nacer ciegas, vivirán y morirán ciegas, a continuación vendrán otras que serán sanas de la vista y así van a permanecer hasta la muerte. ¿Cuánto tiempo requiere esto? Pienso que podría utilizar, adaptándolo a esta época, el modelo ‘clásico’ del ‘cuento filosófico’, insertando en él, para servir a las diferentes situaciones, personajes temporales, rápidamente sustituibles por otros en caso de no tener la consistencia suficiente para una presencia mayor en la historia que esté siendo contada”.

Un poco de Monsi váis

Como un homenaje al desaparecido cronista mexicano, traemos una cita de uno de sus títulos más relevantes, Aires de familia: cultura y sociedad en América Latina, que ganó el XXVIII Premio Anagrama de Ensayo en 2000, uno de los pocos galardones importantes que recibió, aparte del Juan Rulfo en 2006. Se trata de un pasaje muy pertinente para el lector latinoamericano, toda vez que este año se incorporaron varios países de la región a la conmemoración del bicentenario de la emancipación y por tanto al recuerdo de sus principales protagonistas.

“Garantizada la incondicionalidad de las sociedades latinoamericanas, el heroísmo ayuda a estructurar las conciencias nacionales, encauza la lectura de la Historia y, en los distintos niveles sociales, suscita simultáneamente el sentimiento de orgullo y la conciencia de fragilidad. ‘Somos potentes: tenemos héroes; somos frágiles: casi todos nuestros héroes son mártires.’ Recuérdese que la independencia de las Repúblicas es consecuencia de guerras de liberación en donde las vanguardias políticas y militares son con frecuencia destrozadas.

Entre otros, son muy desoladores los finales de Miguel Hidalgo, José María Morelos, Francisco de Miranda, José de San Martín, Simón Bolívar, incluso, ya a fines del siglo XIX, de José Martí. No escasean entre ellos los que, con sus palabras, terminan admitiendo, como Bolívar: ‘he arado en el mar.’ Pero su recuerdo afianza el patriotismo, y configura el panteón de los dioses tutelares de las Repúblicas” (Del capítulo “Pero ¿hubo alguna vez once mil héroes?”).

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